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Ayer estuve en una formación de docentes, compartiendo reflexiones y prácticas acerca cómo evaluar lo que aprenden los chicos y chicas en los proyectos de aprendizaje-servicio.

Una de las diapositivas incluye la frase con la que he titulado este post. Y, curiosamente, apenas dos días antes tuve ocasión de reflexionar sobre ella, cuando recibí el número 104 de la revista de CLAYSS, el Centro Latinoamericano de Aprendizaje y Servicio Solidario.

Este número se hace eco de las actuaciones realizadas por CLAYSS a lo largo de sus 15 años de vida, cuantificando formaciones, asesoramientos, apoyos directos a proyectos, investigaciones, publicaciones, consultoría… ¡un balance impresionante, tangible y estimado por todas las personas que nos dedicamos a la difusión del aprendizaje-servicio!

Pero en su modestia, los compañeros y compañeras de CLAYSS no han revelado uno de sus aportes más valiosos, que es intangible: me refiero a su capacidad de inspiración.

CLAYSS nos ha despertado, animado, ilusionado, inspirado y empujado sin invadir ni agobiar hacia la educación comprometida y de calidad para todos. Esto no se puede medir… ¡aunque sabemos que suma y multiplica!

Por eso felicito de todo corazón al extraordinario equipo de CLAYSS y les animo, sino a medir ni cuantificar, por lo menos a considerar y valorar hasta que punto nos ha iluminado el camino. Es de pura justicia.

 

 

 

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