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No necesito sentirme francesa para amar Francia, ni aragonesa para amar Aragón, ni extremeña para amar Extremadura. Si un día Cataluña se independiza de España, a mí, emocionalmente hablando, no me va a cambiar gran cosa.

Lamento decepcionar a unos y otros, pero así es. Seguiré teniendo las mismas amistades aquí y allí, seguiré escalando en el Pirineo aragonés, seguiré soñando con las alubias del valle del Trápaga y seguiré construyendo redes de colaboración con docentes de todas partes.

Estoy totalmente de acuerdo con Jordi Évole en que la crispación entre catalanes y el resto de españoles es una construcción del ámbito político y mediático. En la calle, en el día a día, en el roce con la gente, esa crispación no existe o sólo entre la minoría que le encuentra el gusto.

Y estoy de acuerdo con Jordi  por simple evidencia cotidiana, puesto que me pateo las españas con bastante frecuencia, casi cada semana. Nunca me he encontrado nadie que exprese desprecio, rencor o directamente odio hacia los catalanes.

Y eso que, aunque no soy del Barça, como Jordi Évole, soy muy de Kilian Jornet, de Araceli Segarra y del pan con tomate. Hago mucha propaganda de L’Hospitalet de Llobregat, mi ciudad y, además, a veces me quedo en blanco intentando recordar cómo se dice determinada palabra que se me resiste en castellano.

Por el contrario, la mayoría de referencias que escucho hacia los catalanes por parte de los españoles con los que me encuentro son elogiosas, incluso a veces románticas e idealizadas: es que en esto y lo otro estáis más avanzados, es que sois más europeos, es que se nota que tenéis una sociedad civil fuerte…

¿He dicho nunca? Bueno, no, en realidad una vez, una sola vez en catorce años, a la hora de comer, un docente que estaba en mi curso me expresó su preocupación porque temía que si Cataluña se independizara podría tener problemas para acceder a una casita que se había comprado hacía poco cerca de la playa. Por poco me atraganto con la sopa de la risa.

Las burbujas crispadas son sólo burbujas, digan lo que digan políticos y medios de comunicación. Pero si nos las creemos, las burbujas crecen y pasan a ser cajitas de cartón, menos volátiles. Nos atrapan y malogran la convivencia, dibujando problemas entre las personas donde no los hay. Para que no te atrapen es necesario, eso sí, prestar atención.

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