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¿Serán los educadores que quieren innovar los profesionales más modestos y sufridores del mundo? Claro que no puedo afirmar tal cosa, porque en el sector hay de todo, pero me asalta esta sospecha cada vez que comparto una actividad de formación.

Lo noto básicamente en dos cosas:

Primero, en que no dan importancia a las prácticas extraordinarias que llevan a cabo. Les parecen normales, es aquello de bueno, este proyecto lo llevo haciendo muchos años, como si esto le quitara mérito, cuando en realidad consolidar un buen proyecto es una tarea admirable.

Me sorprenden con proyectos educativos bellísimos, consistentes, que sin duda provocan un impacto profundo en los niños y niñas y, sin embargo, no los ponen en valor, no los difunden. En el peor de los casos, ni siquiera le ven la gracia a difundirlos.

Segundo, y esto casi me preocupa más, están permanentemente insatisfechos con todo aquello que consiguen. Hipercríticos con los pequeños detalles que no salen como habían planificado, siempre tienen la expectativa de ser excelentes desde el minuto cero, lo cual es imposible.

Como consecuencia de esto, cuando se ponen en la tesitura de mejorar la acción educativa -porque todo, eso sí, es mejorable- las medidas que se les ocurren van casi siempre en la línea de complicarse la vida.

De tal manera que se plantan frente a un proyecto educativo estupendo, que les está funcionando muy bien y piensan ¿cómo podemos hacerlo difícil, que nos dé más trabajo, que nos agote en mil objetivos a conseguir, que impulsarlo sea una tortura…? 

Es como si pensaran que para ofrecer más calidad educativa hay que abandonar la sencillez, que lo difícil y complicado siempre será más valioso, pedagógicamente, que lo fácil. Yo pienso justo lo contrario.

Invierto muchas energías en intentar convencer a los educadores modestos y sufridores en que lo sencillo es poderoso. Que las mejoras se pueden llevar a cabo respetando y poniendo en valor lo que funciona. Que las cosas no van a ir mejor si nos ponemos nosotros mismos mil obstáculos para acabar agotados y quemados en el esfuerzo.

En fin, que no hace falta complicarse la vida, porque la vida se complica sola.

No se si lo consigo. Frecuentemente me comentan que les he tranquilizado mucho, pero… uf, ¡me queda la duda!

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