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Hace muchos años, en una galaxia muy lejana, yo tenía 20 o 21 años y era monitora en unas colonias de verano. Entre un montón de actividades emocionantes, me encargaba de un taller de modelado.

Pasando olímpicamente de la bolsa de arcilla comprada en la tienda urbana de manualidades, de lo que se trataba era de seguir un proceso sencillo y maravilloso al mismo tiempo (y pelín salvaje, todo hay que decirlo):

  1. Salíamos a explorar el terreno y localizábamos una zona arcillosa. ¡Eso era bastante fácil en un país como el nuestro!
  2. Armados de palas, recogíamos unos cuantos kilos de tierra arcillosa y la tamizábamos con un cedazo metálico hasta conseguir un polvito muy fino.
  3. Armados con palos puntiagudos y bolsas, recogíamos cacas secas de vaca. Esto era también bastante fácil porque había mucho ganado pastando cerca de la casa de colonias.
  4. Cavábamos un hoyo más o menos profundo, metíamos las cacas y montábamos un horno auténtico. ¡La caca de rumiante quema a una temperatura adecuada para cocer la arcilla!.
  5. Pastábamos el polvo de arcilla con agua, trabajábamos la masa de barro y modelábamos objetos diversos.
  6. Encendíamos el fuego y, cuando conseguíamos brasas, poníamos las figuritas sobre una parrilla, hasta que quedaban completamente cocidas.
  7. Acabado todo el proceso, el objetivo era tapar el horno lo mejor posible para que no quedara rastro de nuestra actividad.

¿Por qué nos complicábamos tanto la vida, si con la bolsa de arcilla comprada en la tienda ya podíamos modelar? ¡Por placer, claro! Por el gusto inmenso de sumergirnos al máximo en la naturaleza. La pedagoga Heike Freire, citando a Nietzche afirma: Quien se aleja de la naturaleza, se aleja también de sí mismo.

Bueno, me he acordado de todo esto al leer El nou Safareig (el nuevo lavadero), el blog de Carme Cols y Pitu Fernández, que están llevando a cabo es una idea tan sencilla como sensacional: aprovechar el patio para meter la naturaleza en la escuela.

Que los niños y niñas puedan volver a pastar barro, acariciar hojas, oler las flores, tirarse piñas, trazar acequias por donde se escurra el agua… Que de vez en cuando tropiecen con las piedras, se hagan algún rasguño, se ensucien las manos, se pinchen con unas zarzas… Carme y Pitu consiguen que no se alejen de sí mismos, porque se encuentran en la naturaleza.

Y que no se conviertan en el monstruo aterrador de Man, el corto de Steve Cutts que deja la amargura de las verdades hirientes.

 

 

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