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La hija nómada no tiene trabajo fijo ni domicilio fijo, si acaso trabajos y domicilios más frecuentes. Tiene amigos en todas partes y podría dar la vuelta al mundo alojándose cada noche en casa de uno

La hija nómada, como sus amistades,  vive con pocos lujos materiales y parecería que ha renunciado a muchas cosas. Pero en realidad, lo que ocurre es que ha escogido otro tipo de lujos y no ha querido renunciar a otro tipo de cosas. Viajar y conocer mundo para ella es como respirar.

Por eso busca empleos donde pueda escoger qué días y cuantas horas trabajar. Vale, eso tiene un precio que se llama ser autónomo y no asalariado, pero en Canadá, donde reside ahora, la cuota de autónomo le cuesta 180 dólares al año y no 267 euros al mes como sería en España.

Carece de ambición profesional y no le importa, en un momento dado, ocuparse en empleos de nivel inferior a su titulación, aunque busca sentido, satisfacción y un mínimo de coherencia en el trabajo.

Está acostumbrada a vivir con poco dinero, a compartir vivienda, a calcular todos los gastos, a comprar bienes de segunda mano, al trueque, a conseguir algunos dólares canjeando las latas y las botellas en la planta de reciclaje.

El modus vivendi de la hija nómada no se parece al de sus padres, aunque comparte con ellos la pasión por la naturaleza y la montaña.

Y aunque todo tiene pros y contras, ellos están enormemente orgullosos de su hija nómada.  Como el día en que nació, abrió los ojos y, sin palabras gritó: ¡ya estoy aquí!

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