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Acabo de leer Educar en el asombro, otro bestseller estupendo, muy recomendable, de Catherine L’Ecuyeur.

Creo que debería ser de lectura obligatoria para todos los educadores, pero tal vez muy especialmente para los monitores de colonias y campamentos.

El libro pone en valor el impacto del descubrimiento de la naturaleza en los niños y niñas. Y alerta de los peligros de la sobreestimulación, del bombardeo de efectos especiales y artificiales, de la presencia pegajosa de la fealdad, de la burla -soterrada o no- hacia la inocencia.

Como defiende Catherine, hay que educar en la belleza, para que el niño pueda encontrar motivos para asombrarse. Y me parece a mi que las colonias y campamentos son un momento y espacio privilegiado para reconciliarnos con la belleza de la naturaleza y recuperar la capacidad de asombrarnos.

¿Podemos aparcar por una vez historias fantásticas, robots interestelares, bobs esponjas, horribles muñecas Monster Highs… para dejarnos seducir por lo sencillo, natural, espontáneo? ¿Ni que sea sólo en las colonias y campamentos?

Pescar renacuajos, observarlos y soltarlos, hacer una batalla de piñas, esconderse bajo la hojarasca, recolectar fresas salvajes, bañarse en el río o en el lago, contemplar en silencio la puesta de sol y levantarse muy, muy temprano para verlo salir, hacer pastelitos con el fango del torrente, construir hitos con piedras para marcar el camino… ¡Todo esto no tiene precio!

Pero pagaremos un precio muy alto si nuestros niños y niñas no aprenden a disfrutar de lo poco salvaje que nos queda: impaciencia, cinismo, falta de concentración, adicción al consumo y a la estimulación permanente…

Sí, vamos a buscar un pote de vidrio y un cazamariposas, vamos a acercarnos a la balsa y vamos a intentar capturar unos cuantos renacuajos… ¿comerán migas de pan…?

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