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No me gustan los carnavales. ¡Lo siento!. Queda muy mal decirlo, porque parece que son la repera de la imaginación y la participación popular, pero… ¡que quieres que te diga!,  en general no le veo la gracia a pasear disfrazado haciendo ruído por el hecho de pasear disfrazado haciendo ruído. Es el tipo de gratuidad que no me vale.

Cuando mi hija era pequeña tenía que hacer un gran esfuerzo para ponerme en ello. Me ponía, claro. Y además, en plan artesanal, cosiendo túnicas de colores con alas, coronas o cuernos y rabos, según de lo que iba la cosa… porque, ya puestos, ¡al menos no lo iba a empeorar con un disfraz comprado de prisa y corriendo en el carrefour!.

Disfrazarse sólo para sentir la alegría de hacer chorradas y saberse capaz de desinhibirse me resulta tan poco interesante como -¡salvando las distancias, que son muchas!- la afición al puenting para sentir la adrenalina de tirarse al vacío y saberse capaz de hacerlo.

Me queda el consuelo de saber que no soy el único bicho raro. Cuando me sincero -o no me da la pereza esa de discutir- y lo digo, siempre hay alguien que dice: ¡Uf, yo es que no lo soporto!

Necesito un “para qué” que le dé sentido un poco más consistente al carnaval. Por ejemplo, disfrazarse para para bailar, cantar, ofrecer un espectáculo, jugar a alguna cosa, o para manifestarse para denunciar una injusticia o para informar de algo importante…

Pero estoy generalizando porque, efectivamente, hay comparsas llenas de contenido a las que me hubiera añadido sin dudar. Por ejemplo, la del colectivo Zafra Violeta, homenajeando a las sufragistas.

La verdad es que después de ver el excelente Salvados de Jordi Evole ayer por la noche, El machismo mata, estoy revuelta por dentro.

 

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