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Un canapé pequeñito de pan con tomate, que apenas te llega al estómago… ¿es pan con tomate? ¿o no lo es porque es pequeñito, y tu idea de pan con tomate es la de una rebanada como Dios manda?

Y si resulta que tienes una gran rebanada de pan industrial con tomate de lata… ¿no es pan con tomate? ¿sólo lo sería si fuera de calidad, o sea, con pan auténtico de pueblo y tomate ecológico de la huerta del tío Paco?

Parece mentira, pero una vez conocí a un hombre que sostenía que el pan con tomate no era pan con tomate… ¡si no estaba untado por las dos caras! Ostras, se puede talibanizar cualquier cosa.

Si sale Messi a jugar un partido, tiene un mal día y no acierta ni una… ¿eso le convierte en un jugador de béisbol? ¿acaso no sigue siendo un futbolista? Con un mal día, eso sí, pero futbolista y no boxeador, ciclista o surfero.

Los problemas de identidad, el aclararse con ésto lo es, ésto no lo es, se suelen saldar a la máxima. Todos somos excelentistas y nadie quiere pasar por poco exigente. Lo compruebo frecuentemente en los educadores durante el proceso de descubrimiento del aprendizaje-servicio: muchos quieren que sea perfecto, redondo, superplanificado… ¡y que responda al particular concepto de excelencia que cada uno tiene!

Bueno, pues esto sí es un problema, porque, como en un plano inclinado, la ceguera frente a las imperfecciones provoca fácilmente resbalones hacia el fundamentalismo. No me canso de aclarar que un proyecto de aprendizaje-servicio puede ser pequeño, mal planificado, deficientemente desarrollado… y seguir siendo aprendizaje-servicio. Mediocre y mejorable, claro.

Creo que nos sale más a cuenta asumir las imperfecciones y desde ellas, avanzar y mejorar, que negar la identidad y arrebatar el nombre. Si apenas abrimos el paraguas conceptual, bajo él sólo cabremos nosotros. Esto se llama egocentrismo cognitivo. Adoro esta palabra.

 

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