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Hace unas semanas me invitaron a compartir una mañana de trabajo con un grupo de personas con discapacidad intelectual. Habían estado trabajando un tema muy delicado, los abusos sexuales, habían filmado unas cuantas entrevistas y se proponían difundir en el entorno el mensaje del respeto y de la dignidad.

Me pareció muy interesante y muy serio todo el trabajo que habían hecho. Al final de la mañana, empezaron a hablar del acto de presentación de lo que habían elaborado: a quién se dirigirían, dónde sería el evento, cómo debían organizarse…

Hasta que uno de los jóvenes del grupo, que lucía como el resto unos vaqueros y una camiseta de estar por casa, expresó con ilusión: ¡Vamos a tener que ir muy bien arreglados! Estuve a punto de intervenir diciendo algo así como ¡Claro, habrá que peinarse y vestirse bien, os va a ver mucha gente…!, pero como sólo estaba de observadora, me mantuve callada.

Entonces me sorprendió la reacción de uno de los educadores: con cariño y simpatía, corrigió: ¡No, no te preocupes, no hay que ir bien vestido, tal como vas ahora ya vas bien…! 

Ostras, qué lástima, pensé. ¡Que buena ocasión desaprovechada!. Creo que el educador, con la mejor de las intenciones, se equivocó. Por tres razones:

En primer lugar, al chico no le molestaba tenerse que arreglar, sino que realmente le hacía ilusión la novedad.,, no hacía falta “tranquilizarlo”.

En segundo lugar, arreglarse para un evento era lo que daba relieve y reforzaba la importancia del proyecto en el que habían estado trabajando duramente. Era, si quieres un símbolo y los símbolos tienen su valor.

En tercer lugar, porque el look de las personas con discapacidad es un asunto muy serio, que afecta su autoestima, su relación con los demás, su inclusión en la comunidad. Que vayan elegantes a un evento es respetarles y ayudarles a que se respeten.

Y sino, que se lo pregunten a Begoña Conde y el equipo de educadores del CIFO de Santurtzi, cuyo proyecto Tijeras que cortan barreras obtuvo el Primer Premio de proyectos de aprendizaje-servicio 2015 en Formación Profesional.

En él, estudiantes de peluquería y estética montan un salón de belleza semanal para promover la  imagen cuidada de personas con discapacidad: talento para un look solidario.

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