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Soy de la opinión que otorgar premios es buenísimo, porque bastantes castigos recolectamos en la vida.

Estoy orgullosísima de nuestra amiga Montse Pérez, a quien hace pocos días le dieron el Premio a la Excelencia Profesional en Medicina, concretamente en el apartado de Humanismo y Cooperación.

Montse es dermatóloga y desde hace muchos años está entregada a la lucha contra las enfermedades -no sólo físicas, sino también sociales- derivadas de la pobleza, en especial la lepra.

Un premio es un reconocimiento, una celebración, un motivo de alegría… Y sin embargo, durante un cierto tiempo se extendió entre el sector educativo la creencia de que los premios eran una mala cosa. Premiar sonaba a conductismo, que es como mentar al demonio en según que ambientes.

La argumentación pedagógica era que los premios constituyen una motivación externa y superficial. Que las personas no debemos hacer las cosas por merecer o no un premio, sino por convicciones más profundas.

Bueno, hasta cierto punto parecería razonable. Pero no me sirve, lo siento. Yo creo en los premios que tienen sentido y que son una fiesta. Que extienden la confianza en las personas y difunden el respeto por la labor bien hecha.

Dentro de dos semanas la Red Española de Aprendizaje-Servicio, Educo y Editorial Edebé, vamos a otorgar los Premios Aprendizaje-Servicio 2015 a educadores, niños, niñas y jóvenes que han puesto su talento al servicio de los demás. Son excelentes, como Montse, y merecen un premio por ello.

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