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Hace un tiempo tuve que dar dos talleres idénticos y seguidos, sobre aprendizaje-servicio, a dos grupos de educadores y hasta el último minuto la organización no supo cuántas personas habría en cada grupo.

El primer grupo fue muy numeroso, unas 60 personas. El segundo apenas eran 12. Por diversas razones, no era posible redistribuirlas, de manera que así de diferentes se quedaron los grupos.

Los organizadores sufrían por el primero: Qué lástima, que grupo más desmesurado, va a ser muy difícil que puedan trabajar bien, menos mal que con el segundo grupo todo será más fácil…

Para mayor inri, en el primer grupo no hubo sillas suficientes y muchos tuvieron que sentarse en el suelo; todo el equipamiento informático falló; no pude proyectar ni las diapositivas ni las películas…

En el segundo grupo había mesas y sillas para todos, el equipamiento cumplió a la perfección, la sala era muy acogedora… Y, sin embargo, el grupo numeroso funcionó muchísimo mejor que el  segundo: nos adaptamos, jugamos, nos reímos. Discutimos con pasión y nadie perdió el hilo en ningún momento.

Nada de eso ocurrió en el grupo reducido, en el que percibí malas vibraciones sólo de verlo. Hubo flojera, pasividad y, sobretodo… ¡no estaban por la labor!

Explico este ejemplo muchas veces para animar a los formadores a conformar grupos numerosos. Un grupo pequeño no garantiza a priori mejor trabajo. Sinceramente, el mito de que en actividades de formación los grupos pequeños trabajan mejor y profundizan más yo nunca lo he comprobado.

Voy a matizar: me refiero a actividades de formación en que los participantes apenas se conocen o no comparten a priori intereses comunes o un cometido común. Porque en equipos de trabajo reducidos y coherentes sí que se trabaja de maravilla.

Pero en grupos heterogénos, de procedencias dispares y poco en común, cuantas más personas mejor. Se aporta mayor riqueza de puntos de vista, se abre más la mente, hay más alegría y, en caso de conflicto, un grupo numeroso da más espacio emocional para relativizarlo y encauzarlo.

Por esta razón no soy partidaria de limitar demasiado el número de participantes en una actividad de formación en pos de la “profundización”. Además, en las actividades gratuitas suele ocurrir que un notable porcentaje de los que se inscriben no se presentan, con lo cual no suele haber ningún peligro de desbordamiento… pero ¿no es éste otro problema? Uf, ¡pues para otro día!

 

 

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