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A una le gustaría que cuando su hijo adolescente comete alguna estupidez, de vez en cuando escuchara con atención la reflexión, la reprobación o las advertencias de su madre.

Y, acto seguido, iluminado por la gracia divina, sollozara emocionado algo así como: Gracias, mamá, lo tendré en cuenta, no lo haré más… ¡que suerte tengo de contar con tus buenísimos consejos…!

¡Pero esto no ocurre!. Al menos, no con la frecuencia que una madre inocente sueña. La irritante sensación es que los consejos maternos o paternos, por buenos que sean, entran por una oreja y salen pitando por la otra. No es sólo que tu hijo no te hace caso… ¡es que no quiere hacerte caso y quiere que se note que no te lo hace!

Lo curioso es que, tiempo después, todas tenemos la experiencia de haber sorprendido alguna vez a nuestro hijo repitiendo convencido nuestro discurso a un amigo, naturalmente, sin saber que le estábamos escuchando detrás de la puerta.

Por lo tanto, aunque es verdad que una oreja adolescente recibe desdeñosa nuestras advertencias, no es del todo cierto que éstas salgan corriendo por la otra oreja. La otra oreja es prudente -inconscientemente prudente, tal vez- y retiene en un rinconcito oscuro lo que le hemos dicho… ¡por si acaso!

Viene a ser como si le dieras un euro. No lo quiere porque viene de ti y su principal tarea, ahora que estudia el manual del perfecto adolescente cada noche, es tocarte las narices y pasar olímpicamente del euro. Pero el muy cuco se lo guarda en el bolsillo.

No lo usa, pero se lo guarda. Un buen día lo necesita, lo busca en el bolsillo y lo encuentra. Si no se lo hubieras dado, no lo hubiera encontrado.

Lo mismo pasa con nuestros discursos moralizantes (si, sí, “moralizantes”, ¡no voy a poner otra palabra más pedagógicamente correcta!). Hay que darlos aunque no los quieran, porque en realidad se los guardan en el rinconcito ese. La oreja prudente hace su trabajo.

No caigamos en aquello de “no sirve de nada”, “todavía es peor y se rebota más” y chorradas por el estilo. Claro que sirve: concretamente, para encontrar el euro cuando se necesita.

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