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Muchas cosas me ponen nerviosa, por ejemplo la sequía y el calor, que despiertan todos mis fantasmas de desertización, Mad Max, El día después de mañana, etcétera.

Pero confieso que hablar en público no me pone demasiado nerviosa. Puesto que tener “cero nervios” en esta circunstancia es prácticamente imposible, debería decir que lo que me produce son “pocos nervios”. Aunque a muchas personas esto les parece genial, he comprobado hasta qué punto es peligroso.

El jueves pasado y ayer estuve dinamizando formación en comunicación en público con profesorado de Formación Profesional, motivado en mejorar la competencia oral de su alumnado. Y una de las preocupaciones de éste son los nervios a la hora de hablar en público.

En estas formaciones siempre digo lo mismo: ¡Cuidadín con los pocos nervios, que son traidores! No voy a decir que es mejor estar muy nerviosa, claro, pero lo contrario provoca frecuentemente situaciones desagradables y lo he comprobado personalmente.

Cosas que me pasan a mí a veces por el hecho de tener “pocos nervios”: hablo demasiado, digo cosas que no debería, me sale un vocabulario más informal de lo deseable, puedo contar chistes inapropiados…  Al final, todo esto desluce y pasa factura.

En definitiva, al bajar la guardia y sentirme en exceso cómoda, dejo de prestar atención a cosas importantes. Por eso, si antes de una intervención noto un chorrito de nervios, por finito que sea, me alegro muchísimo y los mimo: ¡Queridos nervios, qué bien, otra vez aquí conmigo! ¿Me vais a ayudar a no meter la pata?.

 

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