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¡No se puede negar que el nombre del proyecto es bueno y tiene garra! Podían haberle puesto “Difusión de la ciencia a través de talleres lúdicos preparados e impartidos por alumnado de Secundaria para niños y niñas de Primaria”, pero eso es una sinopsis y no el título rotundo que necesitaba este proyecto de aprendizaje-servicio.

Fernando Monzón, el docente inquieto e hiperactivo como él mismo se define, sólo necesitó arrastrar -dicho en pedagógicamente correcto sería “motivar”- a 19 chicos y chicas apasionados por la ciencia de 2º de la ESO del IES El Calero de Telde (Gran Canaria).

El reto fue contagiar su entusiasmo a los más pequeños. Cienciaron -pensaron- bastante lo que podrían hacer y se centraron en 4 temas: aire, agua, magnetismo y electricidad.

Ciencio luego existo es un buen proyecto surgido de la imaginación y la pasión del docente. Cual masa de pizza, luego los alumnos lo manosean, se apropian, le ponen su personalidad…

A veces las buenas ideas las tienen los profes, otras veces surgen directamente de los chicos y chicas y otras son propuestas que formulan las entidades sociales al centro educativo.

El protagonismo del alumnado no siempre se da en la génesis del proyecto: puede aflorar en todo el proceso y en todas las tareas. Puede ser un punto de partida, claro, pero también un punto de llegada.

Precisamente en este proyecto el talento docente se muestra al levantar a los chicos y chicas de las sillas y emocionarles con el conocimiento científico puesto al servicio de los demás.

Un reto que se planteó hace algunos años la iniciativa californiana Calstem: no puede ser que la ciencia sea el reducto de la élite de unos pocos.

 

 

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