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Estoy convencida que incluso hoy se puede ser un buen educador usando métodos tradicionales, pasados de moda, de aquellos que no tienen buena prensa.

Estamos tan saturados -y quizá tan asustados- pensando en la falta de adaptación metodológica de la escuela, que tal vez subestimamos la parte más subjetiva y personal de la influencia del maestro.

La conferencia de Doug Lemov a la que asistí hace unos días me resucitó la vieja dicotomía entre la educación como ciencia versus la educación como arte.

Estuvimos ayer hablando del tema con Gonzalo Silió. El método y las tecnologías didácticas son importantes, qué duda cabe, pero ni siquiera su excelente ejecución por parte del docente garantizan nada.

La denostada clase magistral, los exámenes de corte convencional, los ejercicios de memorización, repetición y rutina, los dictados, el uso del libro de texto como elemento vertebrador… todo esto parece hoy trasnochado y del siglo pasado, pero su obsolescencia se diluye en manos de un docente cuyo estilo es afectuoso, respetuoso, próximo.

En cualquier campo, también en la educación, es posible ser modernillo tecnológicamente hablando y un auténtico singer morning, cantamañanas.

Los maestros clásicos que se comprometen con sus alumnos, creeen en ellos y les generan altas espectativas són la mejor inversión, aunque tengan limitaciones tecnológicas. Como el Profesor Lazhar.

Lo ideal es la suma y sabia mezcla de ambos aspectos, método y estilo, ciencia y arte.

Pero si no hubiera más remedio que escoger entre uno y otro, lo tengo bastante claro. ¿Tú no?

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