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Francamente, ya no sé cómo actuar frente a la cantidad de personas que piden dinero por la calle, a veces medio disfrazada la cosa de venta ambulante.

Mientras duró el espejismo de la bonanza económica, en general yo no daba dinero. Mi razonamiento estaba en la línea del rechazo al asistencialismo, al paternalismo, a la caridad…

Usaba las reflexiones estándar en estos casos: no tienes que dar porque genera dependencia, porque no sabes dónde va a parar, porque hay mafias que controlan a estas personas, porque hay servicios sociales y asistenciales en los que confiar, porque ya estás apoyando las ONG que atienden estos casos, bla, bla…

Bien, de acuerdo, hace cinco años eso tenía una lógica. Pero se está quebrando por todos lados. Cada vez hay más personas no sólo pidiendo sino también durmiendo y viviendo en la calle. Los servicios sociales y las ONG están al límite. Se ha multiplicado exponencialmente la demanda de comida al banco de alimentos y a los comedores populares.

Manteniendo la conducta que seguía en tiempos de bonanza, me siento mezquina e injusta. No sé exactamente qué debo hacer, qué es lo correcto. Ni siquiera sé si tiene sentido hablar de corrección.

Hace unos días leí el post Suerte en el blog del profesor Juan Torres López, al que estoy suscrita. Y, de repente, su reflexión me empezó a dialogar con otras dos que abordan prácticamente el mismo tema:

El poema Refugio Nocturno, de Bertold Brecht, un texto que había utilizado dinamizando talleres de poesía hace bastantes años, y que expresa las contradicciones de las acciones compasivas que pueden parecer inútiles.

El cuento del niño y las estrellas de mar, cuya autoría desconozco, que se posiciona directamente a favor de los pequeños gestos, y que también me deja sin argumentos. Hay también un bonito vídeo sobre esta fábula.

¿Tiene sentido la compasión? Como dice Adela Cortina, es difícil entender la justicia sin sentir compasión… 

 

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