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Hay películas que no sé exactamente porqué, pero me gustan. Cuando las vuelven a pasar por la televisión, me quedo clavada en el sofá, hipnotizada. Las conozco casi de memoria, pero no importa.

Me pasa con obras muy dispares, en temática, autores, calidad. No les encuentro nada en común: Ghost, La lista de Shindler, Promesas del Este, Crash, Alguien voló sobre el nido del cuco, Evasión o victoria, Pequeña Miss Sunshine, Fuga de Alcatraz, El imperio del sol…

Algunas ni siquiera son redondas y otras tuvieron críticas feroces de expertos cinéfilos. Pero algo magnético deben poseer cuando consiguen, como me pasa más frecuentemente con las novelas-tocho, que me meta dentro directamente.

Los descendientes pertenece a esta clase de películas, llenas de lecturas y matices, que provocan la sensación, cuando sales del cine, de que deberías volverla a ver.

Todo en ella es tan creíble, tan corriente, tan cercano y tan complejo. ¡Hasta George Clooney parece normal!

Me encantó la escena final del sofá, la manta, las palomitas y el documental de animales. ¡Qué manera más sencilla de mostrar una reconciliación!

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