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¡Qué pesaditos hemos estado en los últimos años con el rechazo a la transmisión de conocimientos!

Transmitir nos suena a antiguo, autoritario, conservador, por no decir directamente carca.

Transmitir parece que significa considerar al alumno como un receptor pasivo. ¡No se debe transmitir! –clamamos – si acaso, estimular, despertar la curiosidad… que sean los alumnos los que decidan qué quieren aprender en cada momento.

Pues así nos va. Claro que es aburridor (¡qué bonita e inexistente palabra!) transmitir estupideces, cosas inútiles, caducas o superfluas que distraen de lo importante.

Pero esperar que el estómago, el azar o la pereza de cada uno sea la única brújula referente para determinar lo que se debe aprender, me parece por lo menos una postura prepotente y egocéntrica.

Creo que es absolutamente urgente volver a transmitir pasión por el conocimiento, por la ciencia, por la cultura, por el arte, por las humanidades.

¿Por qué vamos a ahorrarles a nuestros chicos y chicas el placer de escuchar (sí, sí, “escuchar”, y además en silencio respetuoso) a una persona apasionada por la música, por los minerales, por la astronomía, por la poesía, por la carpintería o por las rapaces?

Por esto me gustan los reportajes de escalada de Jesús Calleja. Este montañero es un tipo fresco, burlón, buena gente y, además, transmite pasión por la montaña y un montón de conocimientos que nos revelan lo inmenso y diverso que es el mundo y lo que nos falta por aprender.

Cuando la transmisión es pasión, vuelas como en la pintura de Matisse.

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