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Creo que la peor experiencia docente la tuve hace muchos años en una Facultad de Bellas Artes.

Un profesor inasequible al desaliento me invitó a hablar con sus alumnos de la asignatura de Pedagogía del Arte sobre un proyecto educativo que yo había estado coordinando.

Los alumnos eran del último año de carrera y el proyecto se llamaba Compartir. Era una propuesta para niños y niñas, cuyo objetivo era estimular al mismo tiempo la creatividad y la generosidad a través del arte.

Bueno, pues la presentación fué un fracaso, un desastre. Muchos alumnos no tenían ningún interés y abandonaron el aula a los pocos minutos.

Los alumnos que se quedaron un poco más intervinieron criticando -mejor diría descalificando- duramente la propuesta educativa. 

Su argumento principal era que la creatividad no se podía educar, “la posees o no la posees” y, en cualquier caso, no solamente no tiene nada que ver con la generosidad, sino que “no debe tenerla”: se trata de algo íntimo e individual que nace del ombligo de cada uno.

A posteriori, el profesor me comentó que la mirada individualista y narcisista era por desgracia muy frecuente en el sector. Bueno, la verdad es que me quedé bastante frustrada.

Por eso me encanta el aire fresco y próximo de Urban Sketchers, un movimiento de dibujantes callejeros que acabo de descubrir de la mano de mi amigo Tomás Font.

Nada que ver con los olimpos del ombligo. Se trata de artistas con los pies en el suelo, que describen lo que ven en el mundo real, lo comparten y aprenden juntos.

La acuarela que acompaña este post es de Tomás Font. He tenido la suerte de hojear sus libretas de campo y estoy fascinada.

¡Espero que pueda ir colgando todos sus dibujos en el blog que acaba de abrir!

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