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Antes de partir para Cali, Raúl Collazos nos llevó a visitar este trocito de paraíso a pocos kilómetros de Popayán: la granja de Fedar.

Se trata de uno de los espacios de más alta calidad educativa y paisajística que he visto.

Acoge de las 7 de la mañana a las 4 de la tarde a unos 90 chicos y chicas con discapacidad psíquica, en un entorno natural plácido y exhuberante.

Imagínate un pueblecito de cuento, con casitas de formas redondeadas, llenas de colorido. Cada una de ellas es en realidad una aula o un taller diferente: el taller de elaboración de papel, el de pintura, el de teatro, el parvulario…

También hay vacas, cerdos, gallinas, un huerto y un cafetal. Producen café y lo comercializan, así como los productos de tarjetería del taller de papel.

Rodrigo, uno de los chicos atendidos por la institución, hizo de cicerone, guiándonos por la finca y mostrándonos cada uno de los rincones.

Ese día estaban arreglando los tejados y las humedades de algunas de las casitas afectadas por las últimas lluvias. Al salir de una de ellas, Rodrigo vió un papelito minúsculo en el suelo, lo recogió y lo depositó cuidadosamente en una papelera.  

A pesar del barro y los destrozos, se percibía una pulcritud amorosa en todos los detalles.

Los responsables de la fundación querían crear un lugar donde fuera posible la felicidad. Yo creo que lo han conseguido.

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