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Esta semana pasada en Galicia tuve la certeza de hasta qué punto la impaciencia me invade sin previo aviso.

El teléfono móvil no se cargaba, sin él me encontraba más perdida de lo razonable, y tuve que buscar una tienda que me resolviera el problema. Maldita tecnología de la inmediatez…

Bueno, pues cuando la encontré había cola. Y nadie parecía tener ninguna prisa, sólo yo. Clientes y dependientes charlaban amistosamente, comentando las ventajas de A y de B, como si estuvieran conversando del cocido gallego y del queso cremoso.

Mi reloj interno, tic-tac, se aceleraba sin control. Tras veinte minutos de espera estaba a punto de lanzarme como una furia sobre el dicharachero cliente que tenía delante y agarrar por el cuello a la atenta dependienta que lo asesoraba. ¡Pura violencia!

Me horroricé de mi misma y me impuse la paciencia del roble. Un truquillo mental que uso cuando me recome la impaciencia: cierro los ojos y me imagino mis pequeños robles creciendo en la terraza.

Cada invierno, durante alguna excursión, recojo bellotas de encinas o robles que han empezado a echar raíces y las pongo a dormir enterradas en pequeños recipientes de plástico, con tapa y todo. Echan una siestecita de seis o siete semanas, a veces más, y un buen día, al levantar la tapa, descubro brotes tiernos de pequeños arbolitos.

No sé porqué motivo siempre brotan con la misma proporción:  el 50% de lo sembrado. A día de hoy tengo ocho roblecitos creciendo perezosamente en mi terraza, en la foto hay uno de ellos. Es la berraquería de la vida, como dice y muestra el amigo Gustavo Wilches-Chaux en sus blogs, de los que soy adicta.

Este año, el Año Internacional de los Bosques, voy a pensar muy bien dónde los trasplantaré. Y puesto que mis enanitos proceden de un roble monumental, voy a aprovechar para aprender de estas leyendas vivas.

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