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Una corriente fresquita de antiautoritarismo pedagógico está entrando a  través de los gurús de las TIC:

Dejad a los niños sueltos delante del ordenador, no les molestéis, son nativos digitales, ¡no como vosotros, adultos carrozas!: su instinto tecnológico les guiará por la ruta de la creatividad, la innovación y el conocimiento, parece ser el clamor de algunos ticpedagogos (o edutecnólogos, no lo tengo muy claro).

Este nuevo “laissez faire” educativo repesca y renueva el mito del poder del individuo libre de obligaciones fastidiosas: No hay nada más educativo que hacer lo que a uno le apetece, aquello que para uno tiene significado en cada momento.

Efectivamente, las TIC ofrecen oportunidades sobradas para que los niños y niñas, buceando en ellas, encuentren lo que quieran y cuando quieran.

Pero, conectados a la distracción, también pueden perderse, procastinar sin rumbo en la maraña informativa de la red, olvidar cosas básicas o incluso ponerse en peligro.

¡Y que conste que soy una adicta a las TIC! Como también soy adicta al café, pero no por ello me tomo seis litros diarios.

A riesgo de parecer conservadora y retrógrada – a estas alturas “parecer” me preocupa bien poco, la verdad – yo creo que hay contenidos (conocimientos, habilidades, hábitos, actitudes, valores) que se tienen que aprender apetezca o no.

Y que esperar a que la exploración libre permita a los niños y niñas descubrir estas cosas con placer es como esperar que aprendan a limpiarse los dientes cuando les guste y entiendan el sentido: ¡puede que para entonces ya tengan estropeada  buena parte de la dentadura!

Claro que es mejor aprender con placer y libertad, qué duda cabe. Pero no todo lo necesario para vivir y convivir en este mundo se aprende con la brújula de la libertad individual.

Me da la impresión que el actual entusiasmo de los gurús de las TIC por el egoísmo cognitivo y el antiautoritarismo educativo obedece más a su compromiso con la tecnología que a su compromiso con la infancia.

Y, aunque suene exagerado, no puedo evitar verlo como una adaptación, eso sí,  bienintencionada, de la mano invisible del mercado, aplicada a las TIC.

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