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Hace poco estuve con responsables de la Fundación Kreanta, una organización que, entre otras muchas cosas, promueve la cooperación al desarrollo bajo un enfoque de transferencia de conocimiento en temas de ciudadanía, cultura y educación.

Una de sus iniciativas ha sido la creación de la Cátedra Medellín-Barcelona. Ambas ciudades están hermanadas y comparten, a pesar de las diferencias lógicas, una sociedad civil fuerte, un dinamismo cultural y una voluntad política de consolidarse como ciudades educadoras.

Demasiadas veces desde Europa tenemos una visión sesgada de los países del Sur. Pensamos en la cooperación sobretodo como acción solidaria y de desagravio a la explotación histórica que se cometió y todavia hoy se perpetra sin escrúpulos.

Es cierto que la riqueza y bienestar de unos se ha construído sobre la pobreza de otros. Pero sería estúpido, además de paternalista, no ver todo lo que los países del Sur nos pueden aportar, por lo menos en términos de innovación, de cultura, de educación y de compromiso ciudadano.

¿Por qué no somos un poco más espabilados y reconocemos que necesitamos aprender de ellos para avanzar en nuestro propio progreso?  ¿Por qué no planteamos más la cooperación como auténtico trato equitativo, dónde todos dan y todos reciben?

Las personas, los proyectos y todo lo que he llegado a conocer de Colombia me conducen a creer que nos conviene inspirarnos sin complejos en muchas de sus actuaciones, y contagiarnos de su espíritu de superación.

Algo hay de verdad en el tópico de la vieja Europa conservadora y cansada.

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