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Nadie puede negar que la bondad, la confianza o la generosidad son deseables en la esfera personal, de la familia o de las amistades.

Parecen cualidades o valores universales, absolutos, o casi, en el terreno de los afectos y los apegos. ¿Quien quiere un amigo desconfiado, un marido que sea mala persona o un padre egoísta? 

Sin embargo, me asaltan dudas en lo que se refiere a la esfera del trabajo. En un entorno empresarial y de mercado duro, competitivo, a veces salvaje, lo que se valora son otras cualidades, las percibidas como más agresivas y productivas. Y, de paso, se confunden la bondad y sus hermanas con lamentables limitaciones laborales.

La confianza se confunde con la falta de perspicacia,  la generosidad con la ausencia de sentido comercial o de negocio, la bondad con escasa capacidad de liderazgo… En la empresa, la persona buena, confiada y generosa puede perfectamente quedar fuera de lugar, incluso etiquetada como “ni eficaz ni eficiente”.

Con franqueza: en el trabajo lo que se acaba valorando es la capacidad de innovación y de adaptación a un mercado cambiante, la habilidad en la venta de productos o servicios, la estrategia a corto, medio y largo plazo. Si, al mismo tiempo, eres arrogante o tratas con desprecio a tus subordinados,  la tendencia será perdonarte estos pecadillos… ¡auténticas minucias, comparado con lo mucho que aportas a la empresa!

Lo que sirve, es valioso y deseado en la esfera personal parece no funcionar en la esfera de la empresa o la organización orientada al producto, la que tan frecuentemente olvida, como dijo Henry David Thoreau, que la bondad es la única inversión que nunca falla.

A mi modo de ver, eso significa que lo que no funciona es este trabajo y este mercado. Y si no, quita a todas las personas buenas, generosas y confiadas y deja a los tiburones sin escrúpulos. Se acaba la fiesta en dos telediarios.

Está claro, como dice Josep Maria Lozano en su blog, que necesitamos un modelo de empresa consciente de que las personas no vivimos en un mercado, sino en una sociedad. Y que la vida social no requiere tan sólo crear instituciones y organizaciones, sino construir sentido para quienes vivimos y actuamos en ellas.

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